Desde el 28 de febrero vivimos mirando al cielo. En medio del ruido de los misiles y de la incertidumbre que atraviesa Medio Oriente, he comprendido algo que quizá olvidamos en tiempos de calma: la voz interior no nace en soledad. Se forma en el eco de quienes nos aman, en la memoria de quienes ya no están y en la conciencia que intenta permanecer lúcida cuando el mundo se vuelve incierto. Este texto es una reflexión sobre esos días en los que la guerra y la paz conviven dentro de nosotros, y sobre lo que puede estar naciendo en la conciencia humana incluso en medio del caos de la historia.
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