Por Koncha Pinós.

No es posible salir del universo porque el universo no es un sistema del cual se pueda entrar o salir, ni una forma delimitada que pueda ser contenida en una definición. Es, más bien, el escenario mismo de toda posibilidad, el fondo irreductible donde acontecen tanto la materia como la conciencia, tanto lo visible como aquello que permanece fuera de toda representación. La ciencia moderna ha tendido a tratar el universo como un sistema —medible, modelizable, predecible—, pero esta operación, necesaria en términos metodológicos, encierra una paradoja profunda: al intentar comprender el todo como sistema, lo reduce a una estructura que puede ser observada desde fuera, cuando en realidad no hay un “afuera” desde el cual observar el universo. Toda observación ocurre dentro de él, y por tanto toda pretensión de objetividad absoluta queda atravesada por esta imposibilidad radical.

Salir del universo no es posible, pero sí lo es —y lo hacemos constantemente— salir de los sistemas que construimos para interpretarlo. Estos sistemas, ya sean matemáticos, filosóficos o científicos, son aproximaciones, mapas, lenguajes que intentan fijar lo que en esencia es dinámico. Sin embargo, el error no reside en construir sistemas, sino en olvidar su condición de artificio, en confundir el mapa con el territorio, la representación con lo real. En ese desplazamiento, lo vivo queda reducido a esquema, y la experiencia se sustituye por la explicación. No es casual que algunas de las mentes más radicales del siglo XX, como Buckminster Fuller, insistieran en que no habitamos estructuras cerradas, sino patrones dinámicos de relación. Fuller comprendió que toda forma que creemos estable es en realidad una tensión sostenida en equilibrio, una geometría viva que no puede reducirse a sus bordes aparentes. Pensar el universo como sistema es, en ese sentido, un error de escala: confundimos configuraciones locales con la totalidad de lo real, olvidando que toda forma es apenas un evento dentro de un campo mucho más amplio que la excede.

La fotografía es un ejemplo privilegiado de esta tensión entre lo que se captura y lo que inevitablemente se escapa. Cuando hacemos una imagen de un árbol, creemos haber retenido su presencia, haber fijado un instante de su existencia. La fotografía nos ofrece la ilusión de lo real: una forma, una textura, una luz. Pero en ese mismo gesto de captura se produce una amputación invisible. Falta el tiempo que precede y sucede a ese instante, falta el movimiento interno de la savia, la interacción con el viento, la relación con el suelo, con la luz cambiante, con los ciclos que lo atraviesan. Falta, en definitiva, aquello que no puede ser congelado: la vida misma. No es que la fotografía falle; es que revela el límite estructural de toda representación: capturar es siempre excluir.

Desde la física, este límite fue formulado con claridad por Werner Heisenberg, al mostrar que el acto mismo de observar altera aquello que pretende medir. No se trata solo de una dificultad técnica, sino de una condición estructural: no hay acceso a lo real que no esté mediado por la intervención del observador. En ese sentido, toda fotografía, toda medición, toda captura, no solo registra un fragmento, sino que lo transforma, lo desplaza, lo separa de la continuidad de la que emerge.

Ese fragmento ausente no es un detalle menor, sino el núcleo mismo de lo real. La vida no reside en la imagen fija, sino en la continuidad irreductible que ninguna representación puede abarcar. Cada instante capturado es, en realidad, una interrupción de un flujo infinito. Y ese flujo no es únicamente temporal, sino también relacional, invisible, inaprensible. El árbol no es solo lo que vemos, sino también aquello que no vemos: sus raíces extendiéndose bajo tierra, su intercambio con microorganismos, su inscripción en un ecosistema que lo constituye tanto como su propia forma.

Esta intuición no es exclusiva de la filosofía o la física. También en la relación con la tierra, pensadores como Masanobu Fukuoka señalaron que todo intento de intervenir la naturaleza desde la lógica del control implica, en algún nivel, una pérdida. Fukuoka entendió que conocer no es dominar, y que cuanto más tratamos de aislar, corregir o mejorar un sistema vivo, más nos alejamos de su inteligencia propia. La naturaleza no puede ser comprendida desde la fragmentación porque no está hecha de partes, sino de relaciones que no se dejan separar sin desaparecer.

La vida de una montaña no es estática, aunque así la percibamos. No es una forma detenida en el tiempo, ni un volumen sólido que permanece idéntico a sí mismo. La montaña está siempre fluyendo, desplazándose de una dimensión a otra, en un movimiento constante e impredecible que escapa a nuestra escala de percepción. Lo que llamamos roca es, en realidad, tiempo comprimido; lo que vemos como estabilidad es solo lentitud. La erosión, la presión interna, la tectónica, el clima, la interacción con los organismos vivos, todo en ella está en tránsito, aunque nuestros sentidos no estén afinados para percibirlo.

Sin embargo, nuestra tradición científica ha insistido en separar radicalmente la materia de la vida, atribuyendo inteligencia únicamente a aquello que se mueve rápidamente, que responde, que parece tener intención. Bajo este paradigma, una montaña carece de alma, porque no habla, no decide, no actúa en los términos en los que reconocemos la acción. Pero esta es una limitación de nuestro marco interpretativo, no de la realidad misma. Hemos confundido velocidad con vitalidad, respuesta con inteligencia, forma con esencia.

Si aceptamos que el universo no está compuesto de objetos, sino de procesos, entonces la montaña deja de ser una cosa para convertirse en un acontecimiento. Y en ese acontecimiento hay una forma de inteligencia que no es cognitiva ni intencional en el sentido humano, pero que organiza, sostiene y transforma. Una inteligencia distribuida, relacional, que no se localiza en un punto, sino que se despliega en el conjunto de interacciones que la constituyen.

En este sentido, la distinción entre lo vivo y lo no vivo comienza a disolverse. No porque todo esté vivo en el mismo grado, sino porque la vida no es una propiedad que aparece de repente, sino una continuidad de organización creciente. La montaña, el árbol, el cuerpo humano, no son entidades separadas, sino diferentes expresiones de un mismo campo dinámico que se pliega y despliega a distintas escalas, como sugería Benoît Mandelbrot al revelar que la naturaleza repite sus patrones sin cerrarlos jamás.

Todo lo que vemos, incluso aquello que creemos ser, no es más que una porción ínfima de una arquitectura mucho más vasta, un fragmento inscrito en un universo de naturaleza fractal donde cada parte contiene ecos del todo sin llegar nunca a agotarlo. No somos entidades separadas observando el mundo, sino configuraciones momentáneas dentro de un campo de relaciones que se despliega a múltiples escalas. En este sentido, la identidad no es una forma fija, sino una variación dentro de un patrón que se repite sin repetirse.

Desde la filosofía de la ciencia, esta cuestión nos remite al problema de la incompletitud. Todo intento de describir un sistema complejo mediante un conjunto finito de variables está condenado a dejar fuera una cantidad indefinida de factores. La realidad, entendida como un conjunto formado por un número infinito de partes, incluye necesariamente un número infinito de partes desconocidas. Estas no son simplemente lagunas que eventualmente serán llenadas por el progreso del conocimiento, sino brechas estructurales que impiden que el conjunto pueda restituirse por completo.

En este punto, el trabajo de Benoît Mandelbrot resulta especialmente revelador. Mandelbrot mostró que muchas formas de la naturaleza —las nubes, las costas, los árboles— no pueden describirse adecuadamente mediante las geometrías clásicas de líneas rectas y superficies regulares. Introdujo la idea de que la realidad está hecha de irregularidades estructurales, de patrones que se repiten a diferentes escalas sin llegar nunca a cerrarse del todo. Cada intento de medir una costa depende de la escala elegida: cuanto más nos acercamos, más detalles emergen, y la longitud nunca se estabiliza. Así, la naturaleza no es imprecisa; es infinitamente precisa en niveles que exceden nuestra capacidad de captura.

Podríamos pensar estas brechas como zonas de indeterminación, espacios donde lo real no se deja reducir a lo mensurable. En la tradición científica, estas zonas han sido a menudo tratadas como errores, ruido o anomalías. Sin embargo, es precisamente en ellas donde se manifiesta la vitalidad de lo real. Lo que no puede ser capturado, lo que escapa a la medición, no es un defecto del conocimiento, sino su condición de posibilidad. Sin esa excedencia, no habría mundo, solo habría modelo.

El gesto de tomar un fragmento —un trozo de árbol, una porción de tierra— y creer que en él se contiene la totalidad es una operación profundamente arraigada en nuestra forma de pensar. Es el gesto analítico llevado al extremo, donde la descomposición sustituye a la comprensión. Tomamos una hoja y creemos entender la planta, aislamos un órgano y creemos comprender el cuerpo, extraemos un dato y creemos haber accedido a la verdad. Pero en ese acto de aislamiento, lo que hacemos es extraer lo vivo de su matriz, separarlo del entramado de relaciones que le da sentido.

Entre la geometría dinámica de Fuller, la indeterminación de Heisenberg, la no-intervención radical de Fukuoka y la irregularidad infinita de Mandelbrot, se dibuja un mismo límite: la imposibilidad de reducir lo vivo a objeto. No es que la ciencia fracase, es que alcanza su umbral, allí donde lo real deja de ser algo que se puede capturar y pasa a ser algo que solo puede ser habitado.

Nuestra tendencia a fijarnos en imágenes estáticas responde a una necesidad profunda de estabilidad. Queremos respuestas cerradas, definiciones claras, límites precisos. Pero en esa preferencia se juega también una forma de empobrecimiento: al aferrarnos a lo que parece claro, nos alejamos de lo que es verdaderamente real, que es siempre más complejo, más abierto, más inasible.

Quizá el desafío no sea abandonar los sistemas, sino aprender a habitarlos sin absolutizarlos. Reconocer que toda representación es parcial, que toda imagen es incompleta, que toda teoría es provisional. Y, sobre todo, abrir un espacio para aquello que no puede ser capturado: ese instante que siempre falta, ese fragmento de tiempo donde reside la vida y que ninguna fotografía, ninguna fórmula, ninguna teoría podrá contener del todo.

Porque, en última instancia, lo real no es lo que vemos, sino aquello que insiste en no dejarse ver.

Sobre la autora
Koncha Pinós es investigadora en neuroestética, politóloga y especialista en neurociencia contemplativa. Fundadora de The Wellbeing Planet, una red internacional presente en más de 49 países, su trabajo se sitúa en la intersección entre arte, percepción, naturaleza y conciencia, explorando cómo la experiencia estética transforma la cognición, la emoción y los procesos de significado.

Ha desarrollado investigaciones y proyectos en contextos culturales, museísticos y naturales, integrando metodologías de neuroestética, fenomenología y ecopsicología. Su enfoque propone una revisión crítica de los modelos lineales del conocimiento, abriendo nuevas vías para comprender la relación entre lo humano y lo vivo desde una perspectiva no fragmentaria.

Es autora de 29 libros y cientos de artículos, y ha sido reconocida con el Luxembourg Peace Prize, el Premio de la UNESCO y el Premio de Derechos Humanos de Europa, entre otros. Su trabajo ha sido presentado en contextos internacionales vinculados al arte, la ciencia y la conciencia, consolidándose como una de las voces pioneras en el campo de la neuroestética aplicada.

Mas sobre su trabajo

www.thewellbeingplanet.org

www.biophiliandart.com

Bibliografía

Heisenberg, W. (1958). Physics and Philosophy.
Mandelbrot, B. (1982). The Fractal Geometry of Nature.
Fukuoka, M. (1975). The One-Straw Revolution.
Fuller, R. B. (1969). Operating Manual for Spaceship Earth.