Hay pérdidas que no hacen ruido. No irrumpen como catástrofes visibles ni se anuncian con cifras alarmantes. Son pérdidas silenciosas, progresivas, casi imperceptibles. Una de ellas es la erosión de la interioridad. No la intimidad psicológica superficial, sino esa región profunda donde se configura nuestra manera de percibir, de amar, de decidir y de crear sentido. Cuando esa región se empobrece, el mundo puede seguir funcionando — incluso puede parecer más eficiente—, pero la vida pierde densidad. Se vuelve correcta, operativa, organizada. Y, sin embargo, menos viva.
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