Por Koncha Pinós
The Wellbeing Planet– Biophilia and Art
Hablar de Akira Miyawaki implica situarse en un punto donde la relación con la naturaleza ya no puede sostenerse desde la contemplación ni desde la idealización. Nacido en 1928 en Japón y fallecido en 2021, Miyawaki desarrolló su trabajo en un país atravesado por una transformación radical tras la Segunda Guerra Mundial, donde la reconstrucción económica y urbana avanzó a una velocidad que dejó atrás gran parte de sus ecosistemas originarios. La experiencia de la devastación —no solo material, sino simbólica— generó una fractura en la relación con lo vivo que no podía resolverse únicamente con técnicas agrícolas o forestales. En ese contexto, su trabajo no surge como una alternativa estética, sino como una respuesta precisa a un territorio que había perdido su capacidad de sostenerse.
Formado como botánico y fitosociólogo, Miyawaki no se limitó a estudiar plantas, sino que se centró en comprender las comunidades vegetales como sistemas organizados que responden a condiciones específicas de suelo, clima y tiempo. Su concepto clave —la vegetación potencial natural— desplaza la intervención humana desde el diseño hacia la memoria del lugar. No se trata de plantar lo que queremos ver, sino de restituir aquello que debería estar allí si el sistema no hubiera sido interrumpido. Esta idea, aparentemente técnica, tiene implicaciones profundas: obliga a reconocer que el territorio contiene una inteligencia propia que no necesita ser inventada, sino recordada.
Su método, conocido hoy como método Miyawaki, introduce una intervención inicial intensa: selección rigurosa de especies nativas, plantación densa, preparación del suelo, acompañamiento durante los primeros años. Pero esta intensidad no responde a una voluntad de control, sino a una comprensión clara de la situación: en sistemas degradados, la no intervención no siempre es una opción viable. Cuando el suelo ha perdido estructura, cuando la biodiversidad ha desaparecido y cuando los ciclos ecológicos han sido interrumpidos durante décadas, esperar no implica respeto, sino prolongación del vacío. En estos casos, intervenir es necesario. Pero la clave no está en intervenir más, sino en intervenir con un límite claro.
Ese límite define toda la propuesta de Miyawaki. Su intervención está orientada a desaparecer. Tras los primeros años, el bosque se cierra, se densifica, comienza a autorregularse. Las plantas compiten, cooperan, establecen relaciones que ya no requieren supervisión. El sistema deja de depender de la acción humana y recupera su capacidad de organización interna. Y es precisamente en ese momento —cuando el humano deja de ser necesario— donde su intervención puede considerarse exitosa.
Este gesto introduce una distinción que resulta especialmente relevante en el momento actual: la diferencia entre intervenir para dominar y intervenir para devolver autonomía. En un mundo marcado por crisis ecológicas, pérdida de biodiversidad y degradación del suelo, la respuesta dominante sigue siendo aumentar la intervención —más tecnología, más control, más gestión—. Pero lo que el trabajo de Miyawaki muestra es que no toda intervención es equivalente. Hay intervenciones que generan dependencia y otras que restauran capacidad. La diferencia no está en la cantidad de acción, sino en su dirección.
Lo que su trabajo aporta hoy no es únicamente una técnica de reforestación rápida —aunque lo sea—, sino un cambio de paradigma en la forma de entender la acción humana. Nos obliga a preguntarnos hasta qué punto nuestras intervenciones están diseñadas para sostener sistemas o para sustituirlos. En contextos urbanos, por ejemplo, la creación de microbosques siguiendo su método no solo introduce biodiversidad, sino que reconfigura la experiencia del espacio: densidad, sombra, variabilidad, ausencia de líneas rígidas. No es un jardín diseñado para ser visto, sino un sistema que se desarrolla con independencia del observador.
Desde la perspectiva de la percepción, esto tiene consecuencias directas. Un entorno completamente controlado exige una forma de atención constante, orientada a la identificación y la resolución. Un bosque, en cambio, introduce una complejidad que no puede ser completamente anticipada ni organizada desde fuera. La percepción se ajusta, no para controlar, sino para habitar. Y en ese ajuste aparece una forma de regulación que no depende de la voluntad individual, sino de la relación con un sistema más amplio.
En este sentido, el trabajo de Miyawaki se sitúa en un punto intermedio entre la intervención y la retirada. No propone hacer menos en todos los casos, ni hacer más de forma indiscriminada. Propone intervenir solo hasta el punto en que el sistema puede sostenerse por sí mismo. Y esta idea, trasladada más allá del ámbito forestal, adquiere una relevancia particular en un tiempo donde la tendencia a intervenir sin límite ha mostrado sus consecuencias.
La aportación de Miyawaki para este momento histórico no es una solución cerrada, sino una orientación: actuar con precisión en sistemas dañados, pero no perpetuar la intervención una vez que la vida puede reorganizarse. Restaurar no es sustituir. Es devolver condiciones. Y en ese gesto, reconocer que lo vivo no necesita ser diseñado para existir, pero sí puede necesitar ser acompañado para volver a hacerlo.
Bibliografía
– Miyawaki, A. (1999). Creative Ecology: Restoration of Native Forests by Native Trees.
– Miyawaki, A. (2004). Restoration of Living Environment Based on Vegetation Ecology.
– Miyawaki, A. (2006). Creation of Multi-Stratal Natural Forests Using Native Species.
– Miyawaki, A. (2013). Forest Restoration Based on Vegetation Ecology.
– Pinós, K. (2025). Biofilia y Arte. The Wellbeing Planet.
Perfil de la Autora.
Koncha Pinós (ORCID: 0009-0003-8865-6425) es especialista en neurociencia contemplativa, psicología y neuroestética, con una trayectoria internacional centrada en el estudio de la percepción, la conciencia y la experiencia estética como vías de regulación emocional y transformación humana. Es fundadora y directora de The Wellbeing Planet, una red global presente en decenas de países que desarrolla proyectos de investigación, formación y aplicación en biofilia, bienestar y conciencia.
Autora de más de 29 libros y numerosos artículos, su trabajo se sitúa en la intersección entre arte, ciencia y psicología profunda, explorando cómo la experiencia estética y la relación con la naturaleza inciden en los estados de conciencia, la cognición y la salud mental. Ha colaborado con museos, artistas y comunidades internacionales, desarrollando programas aplicados en contextos clínicos, educativos y culturales.
Es miembro de la Société Neuroscience et Créativité (Francia), la APA Division 10 — Society for the Psychology of Aesthetics, Creativity and the Arts (Estados Unidos), el programa de Art and Architecture de UNESCO (Emiratos Árabes Unidos) y la International Society for Contemplative Research (Estados Unidos). Su enfoque integra neurociencia, psicología existencial y prácticas contemplativas, con especial atención a los procesos de regulación en contextos de incertidumbre, crisis y transformación.
