Por Koncha Pinós

No todo sufrimiento proviene del peligro. Una parte significativa proviene de la imposibilidad de soltarlo.

El cerebro humano no solo está diseñado para detectar amenazas, sino para mantenerse en ellas el tiempo suficiente como para garantizar la supervivencia. Este mecanismo, profundamente adaptativo en contextos evolutivos, se transforma en un problema cuando el peligro deja de ser puntual y se convierte en un estado continuo. Entonces, ya no reaccionamos a la amenaza: empezamos a habitarla.

En este punto ocurre algo más complejo y menos evidente. El sistema nervioso no solo se activa ante el peligro, sino que comienza a organizarse alrededor de él. La hiperalerta deja de ser una respuesta y pasa a ser una condición. El organismo aprende a vivir en tensión. Y con el tiempo, esa tensión deja de percibirse como anómala. Se vuelve familiar.

Desde la neurociencia afectiva sabemos que la activación sostenida de circuitos relacionados con la amenaza —particularmente aquellos que involucran la amígdala, el hipotálamo y los sistemas neuroendocrinos asociados al cortisol— no solo genera desgaste, sino que puede producir una forma de fijación. El cerebro, en su búsqueda de coherencia interna, tiende a repetir los estados que conoce, incluso cuando estos son disfuncionales. No porque sean beneficiosos, sino porque son previsibles.

Aquí emerge una idea incómoda: el miedo puede volverse, en cierto sentido, adictivo.

No en el sentido clásico de la adicción ligada al placer, sino en una forma más sutil: la adicción a la activación. A ese estado en el que todo está en juego, en el que la atención se afina, en el que la mente se orienta hacia la detección constante de señales. La dopamina, implicada en la motivación y la anticipación, también participa en estos circuitos, reforzando la vigilancia continua. El cerebro aprende que estar en alerta es, de algún modo, necesario.

Esto explica por qué, incluso cuando las condiciones externas mejoran, muchas personas no logran salir del estado de preocupación. No es una cuestión de voluntad. Es una inercia neurobiológica. El sistema ha aprendido a operar en ese registro y, al hacerlo, ha reducido su capacidad de percibir otros estados posibles.

El trauma juega aquí un papel central. Cuando la experiencia ha sido abrumadora, el sistema nervioso reorganiza sus prioridades. La seguridad deja de ser un estado base y se convierte en algo incierto. La hiperalerta se instala como una forma de prevención constante. Pero lo que en un inicio fue una estrategia de protección puede convertirse, con el tiempo, en una forma de prisión.

A esto se suma el contexto contemporáneo. Vivimos en una cultura que no solo informa sobre la amenaza, sino que la reproduce, la amplifica y la distribuye de manera constante. La sobreexposición a estímulos de peligro —noticias, imágenes, discursos— mantiene al sistema en un estado de activación que rara vez encuentra resolución. No hay cierre. No hay integración. Solo una sucesión continua de señales que refuerzan la percepción de que algo, en algún lugar, está a punto de suceder.

En este escenario, el cerebro hace lo que sabe hacer: anticipar. Pero lo hace sobre un fondo saturado de amenaza. Y así, la anticipación deja de ser una herramienta de adaptación para convertirse en una fábrica de escenarios que perpetúan el estado de alerta.

Hay, además, una dimensión identitaria que rara vez se aborda. Con el tiempo, algunas personas comienzan a definirse a través de su relación con el peligro. Se convierten en quienes prevén, en quienes detectan, en quienes no bajan la guardia. Soltar la amenaza no es solo regular el sistema nervioso: es, en muchos casos, perder una parte de la identidad.

Y esto genera resistencia.

Porque soltar el estado de alerta implica entrar en un espacio desconocido. Un espacio sin la intensidad del peligro, sin la urgencia constante, sin la narrativa que organiza la experiencia alrededor de lo que podría salir mal. Para muchos, ese espacio no se percibe como alivio, sino como vacío.

Por eso, el paso no es simplemente “relajarse”. Es mucho más profundo. Implica reconfigurar la relación con la seguridad, reaprender a percibir sin buscar constantemente señales de amenaza, reconstruir una forma de estar en el mundo que no esté basada en la anticipación del peligro.

Aquí, nuevamente, la contemplación, el arte y la naturaleza no son accesorios. Son contextos en los que el sistema puede experimentar —aunque sea de forma momentánea— estados distintos. No como imposición, sino como posibilidad. La exposición a entornos no amenazantes, a ritmos no urgentes, a formas que no exigen respuesta inmediata, permite al cerebro ensayar otra manera de organizarse.

Pero este proceso no es inmediato. Y tampoco es lineal.

Soltar la amenaza no significa negar la realidad ni desatender los riesgos. Significa, más bien, recuperar la capacidad de no quedar fijado en ellos. De poder entrar y salir. De no convertir el peligro en el único marco desde el cual se interpreta el mundo.

En última instancia, la pregunta no es si existe la amenaza. La pregunta es cuánto de nuestra vida está organizada en torno a ella.

Y si, quizás, una parte de nuestra tarea más profunda no sea eliminar el miedo, sino dejar de necesitarlo para sentir que estamos vivos.

obre la autora

Dra. Koncha Pinós es especialista en neurociencia contemplativa y neuroestética, y fundadora de The Wellbeing Planet, una organización internacional dedicada a la investigación y aplicación de la relación entre arte, naturaleza y conciencia en más de 40 países.

Su trabajo se sitúa en la intersección entre psicología, percepción y experiencia estética, explorando cómo los entornos, las formas y los estados contemplativos transforman la regulación emocional y la construcción del sentido.

Ha desarrollado proyectos internacionales en colaboración con artistas, instituciones culturales y espacios clínicos, investigando fenómenos como la ansiedad contemporánea, la percepción del tiempo, la biofilia y los estados expandidos de conciencia.

Es autora de 29 libros, entre ellos Biofilia y Arte, donde propone una relectura del bienestar más allá de los modelos tradicionales, integrando ciencia, experiencia estética y conciencia.

Bibliografía

o Friston, K. (2010). The free-energy principle: a unified brain theory?
o Clark, A. (2016). Surfing Uncertainty: Prediction, Action, and the Embodied Mind
o Barrett, L. F. (2017). How Emotions Are Made: The Secret Life of the Brain
o Damasio, A. (1999). The Feeling of What Happens: Body and Emotion in the Making of Consciousness
o Panksepp, J. (1998). Affective Neuroscience: The Foundations of Human and Animal Emotions