Sobre el sufrimiento de los otros, la responsabilidad de mirar y la posibilidad de una comunidad humana
Koncha Pinós | The Wellbeing Planet
Hay algo profundamente sospechoso en nuestra facilidad para hablar de paz. La palabra aparece en discursos, ceremonias, declaraciones de principios y conversaciones cotidianas. Se pronuncia con una solemnidad que parece eximirnos de examinar su significado. Todos estamos a favor de la paz. Esta unanimidad debería inquietarnos. Las palabras que nadie se atreve a cuestionar corren el riesgo de convertirse en aquellas que menos nos obligan. La paz puede significar el fin de una guerra, pero también la conservación de un orden injusto. Puede ser el nombre de una aspiración legítima o el instrumento mediante el cual se exige silencio a quienes todavía tienen razones para protestar. No basta con invocarla. Es necesario preguntarse qué estamos dispuestos a modificar para que exista y qué parte de nuestra comodidad estamos dispuestos a abandonar en su nombre.
Durante décadas de trabajo en cooperación y desarrollo humano, una cuestión ha permanecido obstinadamente abierta: ¿qué hacemos con el sufrimiento de los demás una vez que hemos reconocido su existencia? La pregunta parece sencilla, pero contiene una dificultad que rara vez estamos dispuestos a examinar. Reconocer el sufrimiento no significa necesariamente comprenderlo. Comprenderlo no significa compartirlo. Y compartir una emoción frente al dolor ajeno no garantiza que estemos dispuestos a asumir ninguna responsabilidad. Nuestra época ha perfeccionado los mecanismos para hacer visible el sufrimiento y, al mismo tiempo, ha desarrollado extraordinarias capacidades para mantenerlo a distancia. Podemos contemplar una tragedia mientras desayunamos, indignarnos durante unos minutos y continuar con nuestras obligaciones. Podemos experimentar compasión sin que esa experiencia modifique en absoluto nuestra relación con el mundo. La visibilidad no equivale a la responsabilidad. Esta es una de las contradicciones fundamentales de la conciencia contemporánea.
No todas las distancias se miden en kilómetros. Existe una distancia más difícil de reconocer: aquella que establecemos entre las vidas que consideramos semejantes a la nuestra y las vidas cuya pérdida aprendemos a aceptar como parte del funcionamiento habitual del mundo. No necesitamos odiar a alguien para excluirlo de nuestra preocupación moral. Basta con acostumbrarnos a su sufrimiento. La indiferencia rara vez se presenta como una decisión consciente. Se instala mediante la repetición. Lo excepcional se vuelve frecuente, lo frecuente se vuelve normal y aquello que hemos aprendido a considerar normal deja de exigir explicaciones. De este modo, la conciencia puede convivir con la injusticia sin experimentar necesariamente la urgencia de transformarla. Sabemos mucho más de lo que estamos dispuestos a asumir.
En la cooperación internacional, esta habituación constituye un peligro constante. El sufrimiento puede convertirse en una categoría administrativa; las personas, en poblaciones destinatarias; sus experiencias, en indicadores; sus necesidades, en proyectos. El lenguaje técnico resulta necesario para organizar recursos y responsabilidades, pero también puede producir una forma de abstracción que termina separándonos de aquello que pretendíamos comprender. Una persona no es su vulnerabilidad. Una comunidad no es la suma de sus carencias. Ninguna vida puede quedar completamente descrita mediante las circunstancias que la han herido. Cooperar exige resistirse a esta reducción y reconocer que quienes reciben ayuda poseen historias, conocimientos, deseos, contradicciones y capacidades que existen independientemente de nuestra intervención. El otro no comienza a existir cuando nosotros decidimos ayudarlo.
La compasión goza de una reputación casi intachable. Cuestionarla parece una forma de insensibilidad. Sin embargo, no toda compasión es inocente. Podemos compadecernos de alguien sin reconocerlo como nuestro igual, conmovernos ante una injusticia y aceptar simultáneamente las condiciones que la perpetúan. Podemos incluso encontrar satisfacción moral en nuestra capacidad de sentir el dolor ajeno. La compasión puede convertirse en una manera de contemplarnos a nosotros mismos. Esto no la vuelve inútil, pero sí insuficiente. Sentir no es actuar, y actuar no significa necesariamente transformar. La pregunta decisiva no es cuánto nos conmueve el sufrimiento, sino qué hacemos con el conocimiento que tenemos de él. Una ética de la cooperación no puede depender exclusivamente de la intensidad de nuestras emociones. Las emociones fluctúan, la atención se desplaza y el entusiasmo se agota. La responsabilidad necesita algo más duradero.
Necesita una disposición a permanecer cuando la novedad ha desaparecido, cuando los resultados son inciertos y cuando el otro deja de corresponder a la imagen de inocencia o gratitud que quizá habíamos construido. Las personas no tienen que ser admirables para merecer dignidad. Tampoco tienen que parecernos cercanas. Una comunidad verdaderamente humana no puede organizar sus obligaciones alrededor de la simpatía. El reconocimiento de la dignidad no debería depender de que una historia nos conmueva, de que una fotografía nos resulte insoportable o de que una experiencia pueda traducirse en un relato que confirme nuestras convicciones. La dignidad precede a nuestra capacidad de comprenderla y permanece incluso cuando nuestra sensibilidad no alcanza a reconocerla.
Hablar de sanar el mundo es una expresión hermosa. También puede resultar engañosa. No todas las heridas sanan. Algunas pérdidas son definitivas, algunas experiencias modifican irreversiblemente una existencia y algunas formas de violencia dejan consecuencias que ninguna intervención puede reparar por completo. Insistir en que todo sufrimiento contiene una oportunidad de crecimiento puede convertirse en otra exigencia impuesta a quienes ya han sufrido demasiado. No tenemos derecho a transformar el dolor ajeno en una lección edificante. La reparación comienza, precisamente, cuando abandonamos esa pretensión. Reparar no significa garantizar una conclusión feliz, sino reconocer el daño, asumir responsabilidades y crear condiciones para que sus consecuencias no determinen por completo el futuro.
La reparación tampoco puede sustituir a la justicia. Existe una tentación contemporánea de convertir todos los conflictos en problemas de comunicación, todas las heridas en dificultades emocionales y todas las injusticias en oportunidades para desarrollar resiliencia. Pero hay sufrimientos que no necesitan una interpretación más amable. Necesitan que cambien las condiciones que los producen. La conciencia psicológica puede ayudarnos a comprender las consecuencias de la violencia, pero no puede, por sí sola, eliminar sus causas. Esta distinción es fundamental para cualquier filosofía seria de la paz. Pedir serenidad a quien vive bajo una amenaza permanente puede convertirse en una forma refinada de indiferencia. Pedir perdón sin reconocer responsabilidades puede prolongar la violencia bajo el lenguaje de la reconciliación. Y exigir adaptación a condiciones injustas no es promover bienestar, sino contribuir a la normalización de aquello que debería transformarse.
Nos gusta imaginar que la violencia pertenece a otros. A personas especialmente crueles, a sociedades que consideramos menos desarrolladas, a circunstancias extremas que supuestamente revelan una naturaleza humana distinta de la nuestra. Esta explicación resulta tranquilizadora porque conserva intacta nuestra imagen moral. Sin embargo, la violencia no comienza necesariamente con un acto espectacular. Puede comenzar con una clasificación, una exclusión, una humillación tolerada o una obediencia que renuncia a preguntarse por sus consecuencias. También puede sostenerse mediante instituciones perfectamente respetables y hábitos que apenas percibimos. Reconocer esto no significa afirmar que todos somos igualmente responsables de todas las violencias. Las responsabilidades concretas importan, las diferencias de poder importan y las decisiones importan. Significa abandonar la comodidad de pensar que nuestra pertenencia a una determinada comunidad, tradición o causa nos garantiza automáticamente una posición moral correcta.
La conciencia de la propia vulnerabilidad ética es una condición de la responsabilidad. No somos inocentes simplemente porque nuestras intenciones sean buenas. Tampoco lo somos porque el sufrimiento que observamos se produzca lejos de nosotros. La distancia puede disminuir nuestra percepción de responsabilidad, pero no elimina necesariamente las relaciones que nos vinculan con aquello que sucede. Buena parte de nuestra vida cotidiana descansa sobre sistemas de producción, consumo, distribución y poder cuyas consecuencias apenas conocemos. No podemos asumir una responsabilidad ilimitada sobre todo lo que ocurre, pero tampoco podemos convertir nuestra ignorancia en una absolución permanente. La cuestión ética comienza cuando aceptamos examinar las consecuencias de nuestra participación en el mundo, incluso cuando ese examen resulta incómodo.
Toda sociedad transmite una determinada manera de mirar. Enseña qué vidas merecen atención, qué diferencias resultan aceptables y qué formas de autoridad deben obedecerse. La educación puede ampliar nuestra capacidad de comprender el mundo, pero también puede enseñarnos a repetir sus prejuicios con mayor sofisticación. Por eso, una educación comprometida con la paz no debería limitarse a enseñar valores consensuados. Debería enseñar a desconfiar de las certezas demasiado fáciles, a reconocer los mecanismos mediante los cuales convertimos una interpretación en una verdad absoluta, a distinguir entre comprender una posición y justificarla, y a soportar la incomodidad de encontrar contradicciones en nuestras propias creencias. La capacidad de pensar críticamente no garantiza una conducta ética, pero la renuncia a pensar facilita numerosas formas de irresponsabilidad.
En The Wellbeing Planet hemos entendido progresivamente que educar para la paz no consiste en formar personas incapaces de experimentar conflicto. Consiste en desarrollar capacidades para atravesarlo sin abandonar el juicio, la dignidad ni el reconocimiento de los demás. Una comunidad que no permite el desacuerdo no es necesariamente pacífica. Puede ser simplemente una comunidad donde el miedo ha aprendido a guardar silencio. La educación debería permitirnos cuestionar aquello que hemos heredado, reconocer la complejidad de nuestras identidades y comprender que ninguna tradición está exenta de contradicciones. Educar no significa transmitir una visión acabada del mundo, sino desarrollar la capacidad de seguir interrogándolo sin renunciar a nuestra responsabilidad sobre él.
Existe una forma de espiritualidad que confunde la serenidad con la indiferencia, una forma de bienestar que convierte la tranquilidad individual en la medida de todas las cosas. Desde esa perspectiva, el sufrimiento colectivo puede aparecer como una perturbación de la que conviene protegerse. El conflicto se interpreta como falta de conciencia y la indignación como incapacidad de aceptar la realidad. Esta interpretación resulta particularmente problemática cuando se aplica a situaciones de injusticia. No toda indignación es una expresión de ignorancia, no toda aceptación es una virtud y no toda tranquilidad merece ser considerada sabiduría. Las prácticas contemplativas pueden ampliar nuestra capacidad de atención, ayudarnos a reconocer nuestras reacciones y permitirnos responder con mayor discernimiento. Pero ninguna práctica interior nos dispensa de examinar las condiciones en las que viven los demás.
La conciencia no debería funcionar como refugio frente a la responsabilidad. Debería volvernos más capaces de reconocerla. La paz interior pierde parte de su significado ético cuando se construye mediante la exclusión deliberada del sufrimiento ajeno. No necesitamos vivir permanentemente angustiados por el mundo. Necesitamos evitar que nuestra tranquilidad dependa de no querer saber. Una conciencia que se limita a observar sin preguntarse por las consecuencias de su propia posición corre el riesgo de convertirse en otra forma de distancia. La contemplación puede enseñarnos a suspender el juicio automático, pero esa suspensión no debería confundirse con la renuncia al discernimiento. Comprender la interdependencia no elimina las diferencias entre responsabilidad e irresponsabilidad, entre cuidado y abandono, entre violencia y reparación. Las vuelve más difíciles de ignorar.
Hablamos con frecuencia de humanidad como si se tratara de una comunidad ya constituida. Compartimos una especie, una historia evolutiva y un planeta, pero ninguna de estas condiciones garantiza que nos reconozcamos mutuamente como sujetos de igual dignidad. La humanidad es una realidad biológica; la comunidad humana es una construcción ética y política. No basta con afirmar que todos estamos conectados. También debemos preguntarnos cómo se distribuyen las consecuencias de esa conexión, quién puede decidir sobre ellas y quién soporta sus costes. La interdependencia puede producir cooperación, pero también explotación. La proximidad puede favorecer el reconocimiento, pero también intensificar el conflicto. No existe ninguna garantía de que un mundo más conectado sea automáticamente un mundo más justo.
Por eso, la comunidad global debe entenderse menos como una celebración de nuestra unidad que como una tarea pendiente. Una tarea que exige reconocer diferencias sin convertirlas en jerarquías de valor humano, aceptar la pluralidad sin renunciar a principios fundamentales de dignidad y libertad, y comprender que ninguna comunidad puede reclamar para sí toda la humanidad. El nosotros solo adquiere significado ético cuando es capaz de interrogar sus propios límites. La comunidad global no consiste en disolver las identidades particulares dentro de una identidad universal abstracta. Consiste en construir una responsabilidad compartida que no necesite negar la singularidad de las experiencias humanas. No somos iguales porque nuestras historias sean intercambiables. Somos iguales en dignidad precisamente porque ninguna diferencia debería justificar la negación de nuestra humanidad.
Hay una forma de ayuda que necesita ser reconocida. Necesita fotografías, testimonios, agradecimientos. Necesita que el sufrimiento del otro confirme la generosidad de quien interviene. Esta necesidad de reconocimiento puede distorsionar incluso los proyectos mejor intencionados. La cooperación corre el riesgo de convertirse en una representación en la que unos aparecen como protagonistas de la transformación y otros como prueba de su importancia. Resistir esta tendencia exige una disciplina ética: no hablar en nombre de quienes pueden hablar por sí mismos, no confundir nuestra presencia con el origen de sus capacidades, no convertir las historias ajenas en instrumentos de legitimación y no exigir gratitud. Sobre todo, exige aceptar que el éxito de una intervención puede consistir en que nuestra participación deje de ser necesaria.
A lo largo de nuestra trayectoria, el compromiso con la cooperación ha ido adquiriendo precisamente este significado: contribuir sin apropiarse, acompañar sin sustituir, compartir sin establecer una deuda moral. La ayuda que necesita perpetuar la dependencia contiene una contradicción que debe ser examinada. Una cooperación responsable debería ampliar la libertad de quienes participan en ella, incluida la libertad de prescindir de nosotros. No se trata de desaparecer ante el sufrimiento ni de convertir la autonomía en una excusa para abandonar responsabilidades. Se trata de comprender que acompañar es una relación entre sujetos, no una relación entre quien posee todas las respuestas y quien supuestamente carece de ellas. La cooperación empieza a adquirir profundidad cuando somos capaces de reconocer cuánto necesitamos aprender de aquellos a quienes pretendemos acompañar.
Nos hemos acostumbrado a hablar del planeta como si fuera un objeto situado frente a nosotros, algo que debemos salvar, proteger o reparar. Estas expresiones tienen una utilidad evidente, pero también contienen una ilusión: la de imaginar que estamos separados de aquello que pretendemos cuidar. No existe un mundo exterior a la vida del que podamos mantenernos completamente al margen. Nuestros cuerpos, nuestros alimentos, nuestras ciudades y nuestras relaciones dependen de procesos ecológicos que no controlamos por completo. La crisis de nuestra relación con la naturaleza es también una crisis de percepción. Hemos aprendido a considerar el entorno como recurso antes que como condición de nuestra existencia. La cooperación necesita ampliar su campo de responsabilidad para incluir las relaciones que sostienen la vida, humana y no humana.
Pero tampoco aquí conviene recurrir a un optimismo fácil. La naturaleza no es moralmente ejemplar. No es siempre armoniosa, compasiva o pacífica. No existe para enseñarnos una lección sobre la bondad. Su importancia no depende de que podamos convertirla en una metáfora de nuestras aspiraciones. Importa porque pertenecemos a ella y porque nuestras decisiones tienen consecuencias sobre formas de vida que no pueden participar en nuestras deliberaciones. El cuidado del planeta no es una extensión sentimental de la cooperación. Es una de sus responsabilidades materiales. Una comunidad global que ignore las condiciones ecológicas de su existencia terminará construyendo una idea de humanidad separada de aquello que la hace posible.
Después de décadas de trabajo, sería tentador presentar una conclusión. Afirmar que hemos comprendido qué necesita el mundo, que la experiencia nos ha proporcionado respuestas y que existe un método capaz de reconciliar todas las diferencias. Pero la experiencia, cuando no se convierte en dogma, debería enseñarnos precisamente lo contrario. Cuanto más nos aproximamos a la complejidad del sufrimiento humano, menos justificable resulta la arrogancia de las soluciones definitivas. No existe una fórmula universal para reparar una vida. No existe una intervención capaz de sustituir la historia de una comunidad. No existe una conciencia individual suficientemente desarrollada como para volver innecesaria la justicia. Lo que existe es la posibilidad de seguir aprendiendo, de revisar nuestras prácticas, de reconocer errores, de modificar nuestras interpretaciones y de permanecer disponibles para experiencias que cuestionen aquello que creíamos saber.
La cooperación no debería ser una doctrina de la bondad. Debería ser una práctica de responsabilidad sometida permanentemente a examen. Y la paz no debería convertirse en una palabra que clausura las preguntas. Debería ser una de las razones para seguir formulándolas. El compromiso no se demuestra únicamente mediante la duración de una trayectoria ni mediante la acumulación de experiencias. Se expresa en la capacidad de permitir que esas experiencias nos transformen, de abandonar convicciones que han dejado de ser suficientes y de reconocer que ninguna autoridad moral puede establecerse definitivamente sobre el sufrimiento ajeno. La experiencia puede hacernos más conscientes, pero también puede volvernos más rígidos si comenzamos a confundir lo vivido con una verdad incuestionable.
La imagen de un mundo atravesado por grietas reparadas con oro resulta seductora. Sugiere que las fracturas pueden adquirir una forma nueva, que la historia del daño no necesita desaparecer para que exista una posibilidad de continuidad. Pero conviene desconfiar incluso de las imágenes que amamos. Las heridas no son hermosas por el hecho de ser heridas. El sufrimiento no adquiere valor porque podamos encontrarle un significado. Nadie está obligado a convertir su dolor en una obra de arte. Lo valioso no es la fractura. Es aquello que decidimos hacer frente a ella. Podemos ocultarla, acostumbrarnos a su existencia, utilizarla para justificar nuevas formas de violencia o reconocerla como una responsabilidad que exige conocimiento, imaginación y acción.
En The Wellbeing Planet hemos elegido comprender la paz desde esta última posibilidad. No como una promesa de perfección, no como una emoción colectiva, no como una identidad moral que podamos atribuirnos, sino como una tarea siempre inacabada que nos obliga a examinar la distancia entre lo que sabemos y lo que hacemos. Una tarea que exige pensamiento, pero también presencia; sensibilidad, pero también discernimiento; compromiso, pero también capacidad de reconocer nuestros límites. No pretendemos hablar en nombre de la humanidad. Queremos participar en una conversación que la humanidad todavía necesita mantener consigo misma: cómo vivir juntos sin convertir nuestras diferencias en razones para destruirnos, cómo reconocer el sufrimiento sin apropiarnos de él y cómo construir formas de cooperación que no reproduzcan las relaciones de poder que dicen querer transformar.
Quizá una comunidad global no comience cuando todos compartimos una misma visión del mundo. Quizá comience cuando dejamos de considerar el sufrimiento de los demás como un acontecimiento que no nos concierne. Cuando comprendemos que nuestra responsabilidad no depende exclusivamente de nuestra cercanía emocional y que la dignidad humana no puede quedar subordinada a nuestra capacidad de identificarnos con una historia. Quizá la paz no sea una condición que podamos poseer, sino una relación que debemos aprender a sostener, incluso cuando resulta difícil, incluso cuando nuestras certezas se desmoronan, incluso cuando reconocer al otro nos obliga a revisar la imagen que tenemos de nosotros mismos.
La paz no es la ausencia de heridas, sino el arte de sanarlas. Y ese arte no consiste en embellecer el dolor ni en convertir la reparación en una metáfora tranquilizadora. Consiste en aceptar que el sufrimiento tiene consecuencias, que nuestras decisiones importan y que ninguna transformación humana puede construirse sobre la negación de quienes han sido heridos. Consiste en comprender que la cooperación no nos convierte en mejores personas por el simple hecho de practicarla, pero puede ofrecernos la oportunidad de volvernos más responsables. Consiste, finalmente, en negarnos a aceptar que el dolor de los otros pueda dejar de importarnos.
Porque quizá la pregunta fundamental no sea si somos capaces de imaginar un mundo en paz. La imaginación humana ha demostrado sobradamente su capacidad para concebir mundos mejores. La pregunta es si estamos dispuestos a reconocer cuánto de nuestro mundo presente depende de aquello que preferimos no mirar y qué estamos preparados para transformar una vez que ya no podemos alegar desconocimiento.
La paz comienza allí donde el conocimiento del sufrimiento deja de ser una forma de contemplación y se convierte en una responsabilidad compartida.
Koncha Pinós The Wellbeing Planet
Sobre la paz, la cooperación y nuestra responsabilidad ante el sufrimiento humano.
