Por Koncha Pinós

La ansiedad en contextos de incertidumbre no puede comprenderse únicamente como una respuesta emocional ante el peligro, sino como una alteración profunda en la experiencia subjetiva del tiempo. Cuando el entorno se vuelve impredecible, el cerebro deja de operar bajo una lógica de continuidad y comienza a fragmentar la temporalidad interna, generando una ruptura en la narrativa que sostiene la identidad. El tiempo deja de ser una secuencia coherente —pasado, presente y futuro— para convertirse en un campo inestable dominado por la anticipación de la amenaza.

Desde la neurociencia, esta transformación está vinculada a la desregulación de los sistemas que integran memoria, percepción y proyección. El hipocampo, estructura clave en la organización temporal de la experiencia, pierde capacidad de contextualización bajo condiciones de estrés sostenido. Esto implica que el cerebro tiene mayores dificultades para ubicar los eventos en una línea temporal clara, lo que favorece la sensación de que el peligro es constante y omnipresente. La memoria deja de ser un archivo del pasado para convertirse en una fuente activa de reactivación emocional, mientras que el futuro deja de ser una apertura y se transforma en una extensión del miedo.

La amígdala, por su parte, intensifica su actividad ante la incertidumbre, priorizando la detección de posibles amenazas incluso en ausencia de estímulos claros. Esta hiperactivación no solo afecta la respuesta emocional, sino que modula la percepción del tiempo, acelerando la experiencia subjetiva y generando una sensación de urgencia permanente. El individuo no solo siente miedo: vive en un tiempo comprimido, donde todo parece inminente y donde la espera se vuelve intolerable.

Al mismo tiempo, la corteza prefrontal —encargada de la planificación, la regulación y la toma de perspectiva— reduce su capacidad de modulación cuando el sistema nervioso está saturado. Esto limita la posibilidad de diferenciar entre escenarios posibles y escenarios probables, debilitando la función reflexiva. El pensamiento deja de organizar el tiempo y comienza a ser arrastrado por él. En lugar de proyectar, el sujeto anticipa; en lugar de imaginar, repite; en lugar de situarse en el presente, queda capturado en un futuro que aún no ha ocurrido pero que ya condiciona su experiencia.

Este fenómeno tiene implicaciones existenciales profundas. La identidad humana se construye, en gran medida, a partir de la continuidad narrativa: la capacidad de integrar lo vivido, lo que se está viviendo y lo que se espera vivir. Cuando esta continuidad se fractura, el sujeto experimenta una forma de desorientación que no es únicamente emocional, sino ontológica. No se trata solo de ansiedad, sino de una pérdida de anclaje en el tiempo que sostiene el sentido de sí mismo.

En este contexto, el presente también se ve afectado. Lejos de convertirse en un espacio de estabilidad, el presente pierde densidad y se vuelve transitorio, insuficiente, incapaz de sostener la experiencia. El individuo no habita el presente; lo atraviesa. La atención se desplaza constantemente hacia lo que podría ocurrir, generando una desconexión progresiva de la experiencia inmediata. Esta dificultad para habitar el presente no es una falla individual, sino el resultado de un sistema nervioso que ha aprendido a priorizar la anticipación sobre la presencia.

Restaurar la continuidad temporal de la experiencia implica reestablecer la relación entre las estructuras cerebrales que organizan el tiempo. Esto requiere favorecer la función integradora del hipocampo, fortalecer la capacidad reguladora de la corteza prefrontal y reducir la hiperreactividad amigdalar. Desde la investigación en neurociencia contemplativa, se ha observado que prácticas basadas en la atención sostenida, la percepción interoceptiva y la regulación respiratoria contribuyen a restablecer la coherencia temporal, permitiendo que el individuo vuelva a situarse en el presente sin quedar atrapado en la anticipación.

Asimismo, la reconstrucción del tiempo interno pasa por recuperar la capacidad narrativa. Nombrar lo que ocurre, organizar la experiencia, distinguir entre lo vivido y lo imaginado, permite reintroducir orden en la percepción temporal. Este trabajo no elimina la ansiedad, pero la sitúa dentro de un marco que puede ser comprendido y sostenido. El tiempo deja de ser una amenaza difusa y comienza a recuperar su función estructurante.

Desde una perspectiva más amplia, este proceso también implica aceptar una transformación en la relación con el futuro. En contextos de guerra, el futuro ya no puede ser concebido como una extensión lineal del presente. La incertidumbre se vuelve constitutiva, no transitoria. En lugar de proyectar certezas, el sujeto necesita desarrollar una forma de apertura que no dependa de la previsibilidad. Esta reconfiguración no es sencilla, pero permite una forma de estabilidad más profunda: aquella que no se basa en el control, sino en la capacidad de permanecer en relación con lo que ocurre.

La ansiedad, en este sentido, deja de ser únicamente un problema a resolver y se convierte en un indicador de la ruptura temporal que atraviesa la experiencia humana en contextos de crisis. Comprender esta dimensión permite desplazar el foco desde la eliminación del síntoma hacia la restauración de la coherencia interna.

Porque en última instancia, lo que está en juego no es solo la calma, sino la posibilidad de volver a habitar el tiempo sin que este se convierta en una amenaza constante.

Perfil de la Autora.

Koncha Pinós (ORCID: 0009-0003-8865-6425) es especialista en neurociencia contemplativa, psicología y neuroestética, con una trayectoria internacional centrada en el estudio de la percepción, la conciencia y la experiencia estética como vías de regulación emocional y transformación humana. Es fundadora y directora de The Wellbeing Planet, una red global presente en decenas de países que desarrolla proyectos de investigación, formación y aplicación en biofilia, bienestar y conciencia.

Autora de más de 29 libros y numerosos artículos, su trabajo se sitúa en la intersección entre arte, ciencia y psicología profunda, explorando cómo la experiencia estética y la relación con la naturaleza inciden en los estados de conciencia, la cognición y la salud mental. Ha colaborado con museos, artistas y comunidades internacionales, desarrollando programas aplicados en contextos clínicos, educativos y culturales.

Es miembro de la Société Neuroscience et Créativité (Francia), la APA Division 10 — Society for the Psychology of Aesthetics, Creativity and the Arts (Estados Unidos), el programa de Art and Architecture de UNESCO (Emiratos Árabes Unidos) y la International Society for Contemplative Research (Estados Unidos). Su enfoque integra neurociencia, psicología existencial y prácticas contemplativas, con especial atención a los procesos de regulación en contextos de incertidumbre, crisis y transformación.

Bibliografía

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Antonio Damasio — Self Comes to Mind: Constructing the Conscious Brain
Jaak Panksepp — Affective Neuroscience: The Foundations of Human and Animal Emotions
Stephen W. Porges — The Polyvagal Theory: Neurophysiological Foundations of Emotions, Attachment, Communication, and Self-Regulation
Daniel J. Siegel — The Developing Mind: How Relationships and the Brain Interact to Shape Who We Are
Bessel van der Kolk — The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma
Viktor E. Frankl — Man’s Search for Meaning
Irvin D. Yalom — Existential Psychotherapy