No sé cuántas veces he viajado a India. Hace tiempo que dejé de contarlas. Podría intentar reconstruir los viajes mirando pasaportes antiguos, fotografías, billetes, cuadernos, nombres de ciudades y monasterios, pero seguramente olvidaría alguno y, en el fondo, el número ya no importa. Lo que sí puedo decir con absoluta certeza es que India es el país que más me ha cambiado en todos los sentidos. Me ha cambiado espiritualmente, intelectualmente, emocionalmente, incluso corporalmente; ha cambiado mi manera de comprender el tiempo, el silencio, la muerte, la belleza, la pobreza, la contradicción, el sufrimiento, la conciencia y mi propia vida. Hay países que conocemos y países que terminan formando parte de nuestra biografía. India, para mí, pertenece a los segundos. No podría explicar quién soy hoy sin explicar también algo de todos aquellos caminos, de las personas que encontré, de las habitaciones donde dormí, de los trenes, de las montañas, de los monasterios, de los días difíciles y de esa sensación, repetida tantas veces, de estar frente a un mundo que se negaba a caber dentro de las categorías con las que yo había llegado.
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