Hay un punto en el que la percepción deja de ser una operación sobre el mundo y pasa a ser una forma de estar en él. Este desplazamiento —que he trabajado en Biofilia y Arte— implica comprender que no percibimos desde fuera, sino desde dentro de un campo que nos incluye. El verde no aparece entonces como un color que observamos, sino como una condición en la que dejamos de sostener la ilusión de separación. No es que el verde nos afecte; es que en el verde cambia la forma en que estamos ocurriendo.
Gran parte del malestar contemporáneo no proviene únicamente de una sobrecarga de estímulos, sino de una forma de percepción que se ha estructurado en torno a la distancia: observar, evaluar, decidir. Esta posición, funcional en muchos contextos, genera sin embargo una tensión sostenida cuando se convierte en la única forma de relación con el entorno. En mi trabajo en neuroestética aplicada, he observado que cuando el entorno no exige ser resuelto, sino habitado, el sistema nervioso deja de organizarse desde la defensa y comienza a reorganizarse desde la participación. El verde introduce precisamente esa condición.
Desde una perspectiva enactiva, como planteó Francisco Varela, la experiencia no es una representación de un mundo externo, sino una co-emergencia entre organismo y entorno. Sin embargo, lo que en mi investigación se hace evidente es que no todos los entornos permiten esa co-emergencia del mismo modo. Los entornos altamente estructurados, previsibles y controlados tienden a reforzar la separación: hay un sujeto que percibe y un objeto que es percibido. El verde —cuando es vida, no simulación— rompe esta estructura. No puede ser reducido a objeto sin perder su cualidad esencial.
En los estudios desarrollados dentro de Biofilia y Arte, esta diferencia se observa con claridad en la forma en que las personas se sitúan corporalmente en espacios con presencia real de lo vivo. No es solo una cuestión de relajación o bienestar, sino de posición. El cuerpo cambia de lugar. La atención deja de organizarse en torno a puntos de control y comienza a distribuirse de manera más abierta. La respiración se ajusta a un ritmo que no es impuesto desde la voluntad. Lo que ocurre no es una mejora del estado, sino una modificación en la forma en que el sistema se relaciona con lo que le rodea.
La hipótesis de la biofilia de Edward O. Wilson señala una afinidad con lo vivo. Pero esta afinidad, en el marco de mi trabajo, no se entiende como preferencia, sino como reconocimiento de una lógica compartida. Lo vivo no es algo externo que contemplamos, sino un sistema en el que estamos inscritos. El verde, en este sentido, no es un color, sino la manifestación perceptiva de esa inscripción. No señala una cosa; señala una red.
Esto introduce una dificultad para el yo tal como lo sostenemos en entornos artificiales. El yo necesita bordes claros, necesita diferenciarse para operar. Pero en el verde, esos bordes se vuelven porosos. No desaparecen, pero dejan de ser absolutos. Y en esa porosidad aparece algo que en mis investigaciones he descrito como descentramiento perceptivo: una reorganización en la que el sujeto deja de ser el eje único de la experiencia y pasa a formar parte de un sistema más amplio.
Este descentramiento no es necesariamente confortable. Implica una pérdida de control relativa, una renuncia a organizar completamente lo que ocurre. Pero también introduce una posibilidad que no está disponible en entornos cerrados: la de no tener que sostenerlo todo. En un mundo donde la exigencia de control es constante, esta experiencia tiene un efecto profundamente regulador, no porque reduzca la activación de forma directa, sino porque redistribuye la carga de la experiencia.
Desde la ecopsicología, autores como Theodore Roszak han señalado la desconexión con lo natural como fuente de malestar. Pero en lugar de entenderlo como una pérdida de contacto con algo externo, en Biofilia y Arte lo abordamos como una pérdida de relación con una forma de percepción en la que no estamos separados. El verde no repara algo que se rompió; muestra que la separación nunca fue completa, solo sostenida por ciertas condiciones.
En la práctica, esto tiene implicaciones muy concretas. No se trata de introducir elementos verdes como recurso estético, sino de permitir que lo vivo esté presente como proceso. Una planta no es solo un objeto verde; es un sistema que crece, cambia y responde. Cuando el espacio incorpora esa dimensión, deja de ser completamente predecible. Y en esa imprevisibilidad controlada, el sistema humano encuentra una forma de ajuste que no necesita ser dirigida.
Hay algo en el verde que no puede ser acelerado ni optimizado. No responde a la lógica del rendimiento. Y precisamente por eso introduce una fricción con el modo en que vivimos. No como conflicto, sino como recordatorio: no todo puede ser reducido a control. Y en ese límite, algo se reorganiza.
El verde no cambia lo que sentimos. Cambia la forma en que nos situamos en relación con lo que sentimos. Y en ese desplazamiento, la experiencia deja de ser algo que poseemos para convertirse en algo en lo que estamos participando.
Perfil de la Autora.
Koncha Pinós (ORCID: 0009-0003-8865-6425) es especialista en neurociencia contemplativa, psicología y neuroestética, con una trayectoria internacional centrada en el estudio de la percepción, la conciencia y la experiencia estética como vías de regulación emocional y transformación humana. Es fundadora y directora de The Wellbeing Planet, una red global presente en decenas de países que desarrolla proyectos de investigación, formación y aplicación en biofilia, bienestar y conciencia.
Autora de más de 29 libros y numerosos artículos, su trabajo se sitúa en la intersección entre arte, ciencia y psicología profunda, explorando cómo la experiencia estética y la relación con la naturaleza inciden en los estados de conciencia, la cognición y la salud mental. Ha colaborado con museos, artistas y comunidades internacionales, desarrollando programas aplicados en contextos clínicos, educativos y culturales.
Es miembro de la Société Neuroscience et Créativité (Francia), la APA Division 10 — Society for the Psychology of Aesthetics, Creativity and the Arts (Estados Unidos), el programa de Art and Architecture de UNESCO (Emiratos Árabes Unidos) y la International Society for Contemplative Research (Estados Unidos). Su enfoque integra neurociencia, psicología existencial y prácticas contemplativas, con especial atención a los procesos de regulación en contextos de incertidumbre, crisis y transformación.
www.thewellbeingplanet.org www.biophiliandart.com
Bibliografía
– Pinós, K. (2025). Biofilia y Arte. Ed Sol de Sol
– Varela, F. (1991). The Embodied Mind.
– Wilson, E. O. (1984). Biophilia. Harvard University Press.
– Roszak, T. (1992). The Voice of the Earth.
