Hay un error persistente en la forma en que pensamos la relación entre naturaleza y experiencia profunda. Un error que no es inocente, porque condiciona tanto nuestras prácticas como nuestras expectativas. Se trata de la idea de que la naturaleza “produce” lo numinoso, como si el bosque, el agua o la montaña fueran generadores de estados internos específicos, como si bastara con exponerse a ellos para acceder a una dimensión más amplia de la conciencia. Esta formulación, aunque seductora, es conceptualmente débil y clínicamente peligrosa.

La naturaleza no causa lo numinoso. No lo fabrica, no lo induce, no lo garantiza. La naturaleza es, en el mejor de los casos, una condición de posibilidad. Un espacio de desactivación de ciertos automatismos perceptivos que permite que emerja algo que no puede ser provocado ni dirigido. Y esta diferencia —entre causa y condición— es fundamental si queremos sostener una mirada rigurosa desde la ecopsicología. Decir que la naturaleza produce lo numinoso es proyectar sobre ella una función que no le corresponde y, al hacerlo, empobrecer tanto la experiencia como su comprensión.

La naturaleza no introduce nada en la conciencia que no esté ya, en potencia, inscrito en la arquitectura misma de lo humano; lo que hace es modificar las condiciones de acceso. Al suspender parcialmente los mecanismos de control, predicción y cierre perceptivo que dominan los entornos artificiales, abre un margen en el que lo no previsto puede emerger. Pero ese margen no es contenido, es posibilidad. Lo numinoso no viene del bosque ni de la montaña como una emanación externa, sino que aparece cuando la estructura del yo deja de operar de forma cerrada y permite una reorganización que no puede dirigir. Por eso, atribuirle a la naturaleza un poder causal es, en el fondo, una forma de evitar la pregunta más incómoda: no qué nos da la naturaleza, sino qué ocurre en nosotros cuando dejamos de reducirla a un objeto.

Lo numinoso, tal como lo describe Carl Gustav Jung, no es una emoción intensa ni una experiencia estética elevada. Es una irrupción. Algo que interrumpe la continuidad del yo, que desorganiza momentáneamente sus referencias y que, si es integrado, reconfigura la forma en que el sujeto se orienta en el mundo. No es algo que uno “busca” en la naturaleza, ni algo que la naturaleza “ofrece” como un servicio. Es algo que ocurre cuando ciertas condiciones se alinean, y entre esas condiciones, la naturaleza puede jugar un papel decisivo, pero nunca determinante.

Aquí es donde la obra de Hildegarda de Bingen adquiere una relevancia inesperada. Hildegarda no pensaba la naturaleza como un entorno, sino como una expresión viva de una inteligencia que atraviesa lo material y lo espiritual sin separarlos. Su concepto de viriditas no es una metáfora poética, sino una ontología: lo verde como principio activo de la vida, como fuerza que no pertenece a ningún organismo en particular, sino que circula entre ellos.

Pero incluso en Hildegarda, esta circulación no es automática. No basta con estar en un jardín para acceder a la viriditas. Es necesario un tipo de atención que hoy hemos perdido. Una atención no instrumental, no dirigida, no colonizada por la expectativa de resultado. Y aquí es donde la ecopsicología debe ser especialmente cuidadosa, porque gran parte de sus aplicaciones contemporáneas han reducido la naturaleza a un dispositivo regulador: algo que “sirve” para bajar la ansiedad, mejorar el estado de ánimo o restaurar la atención. Esta instrumentalización no solo empobrece la experiencia, sino que la distorsiona. Porque convierte la naturaleza en un medio para un fin, y en ese gesto, cierra precisamente aquello que podría abrir. Lo numinoso no aparece cuando la naturaleza es utilizada, sino cuando deja de serlo.

Desde un punto de vista neurocognitivo, podríamos describir este proceso como una suspensión parcial de los modelos predictivos que organizan la percepción. En entornos altamente artificiales, estos modelos operan con una eficiencia extrema: anticipan, clasifican, reducen la ambigüedad. En la naturaleza, especialmente en entornos no domesticados, esta eficiencia se ve comprometida. La variabilidad, la complejidad fractal, la ausencia de patrones lineales obligan al sistema a flexibilizarse. Y en esa flexibilización, se abre un margen.

Pero ese margen no es garantía tampoco de nada. Puede dar lugar a una experiencia de apertura, pero también a una desorganización sin integración. Aquí es donde aparece uno de los riesgos más importantes: confundir lo numinoso con la disociación. La intensidad no es un criterio suficiente. Tampoco lo es la sensación de expansión. De hecho, muchas experiencias que se interpretan como “espirituales” son, en realidad, formas sofisticadas de evitación. Hildegarda lo sabía. Por eso insistía en que toda experiencia de lo divino debía traducirse en una mayor responsabilidad en el mundo. No en una retirada, no en una evasión, sino en una intensificación del compromiso con lo real. La naturaleza, en este sentido, no es un refugio frente al mundo, sino un lugar donde el mundo se vuelve más exigente.

Pensar la naturaleza como interfaz numinosa implica, por tanto, un cambio de paradigma. No se trata de preguntarnos qué nos da la naturaleza, sino qué condiciones genera para que algo pueda aparecer en nosotros. Y esa aparición no es necesariamente confortable. Puede ser desestabilizadora, puede confrontar, puede exigir una reorganización profunda.

Por eso, cualquier práctica que aspire a trabajar con lo numinoso debe incluir no solo la inducción de la experiencia, sino su acompañamiento posterior. No basta con facilitar el acceso a estados ampliados. Es necesario sostener su integración. Y eso requiere tiempo, lenguaje, comunidad y, sobre todo, una ética de la no apropiación. Porque lo numinoso no nos pertenece. No es una experiencia que podamos acumular, ni un recurso que podamos explotar. Es, en el mejor de los casos, un acontecimiento que nos atraviesa y que, si somos capaces de sostenerlo, nos transforma.

La naturaleza no es la fuente de ese acontecimiento. Es su umbral. Y un umbral, por definición, no promete nada. Solo abre.


Perfil de la autora . Koncha Pinós (ORCID: 0009-0003-8865-6425) es investigadora en neuroestética y ciencia contemplativa, fundadora de The Wellbeing Planet. Su trabajo explora la relación entre percepción, arte y naturaleza, desarrollando investigaciones internacionales sobre biofilia y estados de conciencia. Es autora de 27 libros y miembro de la Société Neuroscience et Créativité (Francia), APA Division 10 (EE.UU.), UNESCO Art & Architecture (EAU) e International Society for Contemplative Research (EE.UU).

 

Diplomado en Ecopsicología y Terapias basadas en la Naturaleza (2 años)

TWP Labs

VIRIDITAS: Método para el Florecimiento con Santa Hildegarda de Bingen

Mas en www.thewellbeingplanet.org y www.biophiliandart.com